Así sí que merece la pena ser repartidor de supermercados, si te vas a encontrar unas clientas tan amables y generosas como estas dos putas casadas. Estaban en casa de una de ellas cuando apareció este chico, un pardillo recién empleado en el súper para llevar la compra, y en cuanto le echaron el ojo, se convirtieron en lobas hambrientas. El chico alucinaba cuando le bajaron los pantalones y se lanzaron sobre su polla negra, pero ni loco iba a rechazar esa pedazo de propina en carne. De hecho, le pide al cielo que estas guarras maduras hagan los pedidos a domicilio muchas veces más…

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